La poesía como medicina para el pertenecer
- lorenasaavedrasmith
- Apr 3
- 4 min read
Un lenguaje para lo que hemos estado cargando sin poder explicarlo

Hubo un tiempo en el que tenía todas las palabras, y aun así ninguna lograba decir lo que llevaba dentro.
Podía explicar de dónde venía. Podía caminar entre idiomas. Podía ordenar mi historia de formas que sonaban claras para otros. Pero había una sensación que no pertenecía ni al inglés ni al español. Habitaba en otro lugar—en mi cuerpo, en la memoria, en algo que todavía no sabía cómo nombrar.
Si alguna vez has sentido eso, sabes de lo que hablo. Esa frustración silenciosa de tener algo dentro que no se deja traducir. La certeza de que lo que vives es real, pero no completamente decible—sobre todo cuando se vive entre mundos, donde incluso la idea de hogar se transforma y el lenguaje no siempre alcanza.
“No todo puede ser sostenido por un lenguaje organizado.”
Cuando el lenguaje no alcanza
Recuerdo un momento, mientras habitaba la expresión somática, en el que mi cuerpo comenzó a moverse suavemente y, sin aviso, llegaron las lágrimas. No venían de un pensamiento, venían de más adentro. Por primera vez, no intentaba entender lo que sentía. Estaba dentro de ello.
Ese momento transformó mi manera de comprender la expresión. No todo puede ser sostenido por un lenguaje organizado. Hay experiencias que se mueven en la sensación, en el ritmo, en la imagen y en el silencio.
Para mí, la poesía se volvió el lugar donde esas vivencias podían existir.
No porque me propusiera ser poeta, sino porque era la única forma que permanecía cuando todo lo demás se quedaba corto. Antes de poder decir lo que había pasado, podía escribir cómo se sentía. La poesía se volvió una forma de permanecer en relación—conmigo, con el lugar que habitaba. No solo observarlo, sino sentirme parte de él, como si algo en mí estuviera aprendiendo a escuchar la tierra y a responder en reciprocidad.
La poesía no era una herramienta. Era un puente entre el cuerpo y el lenguaje, entre lo vivido y lo que podía tomar forma. Una manera de que las palabras cargaran lo que ya estaba vivo, sin forzarlo a ser algo que no era.
Y quizá esto es lo que ocurre cuando nos replantamos—cuando aprendemos a vivir en nueva tierra sin soltar lo que nos habita.
“El pertenecer, he llegado a sentir, no se trata de dónde estamos, sino de cómo permanecemos en relación—con nosotras mismas, con lo que cargamos y con la tierra que nos sostiene.”
La poesía como lugar de retorno
Con el tiempo, comencé a ver que no estaba sola en esto. Muchas de las mujeres con las que camino han escrito así durante años—fragmentos, cuadernos, frases que no siguen reglas. Y aun así, no siempre reconocen el valor de lo que emerge. No siempre ven que lo que se mueve a través de ellas no es al azar, sino profundamente significativo.
A veces, cuando leen sus propias palabras, algo se aquieta. Hay un reconocimiento suave, como si algo en ellas se estuviera nombrando por primera vez, como si algo sagrado tomara voz.
Porque hay lenguajes que no le responden a la lógica. Hay partes de nosotras que no necesitan más análisis. Necesitan otra forma de ser encontradas. Para mí, la poesía es una de esas formas—no porque pertenezca a unos pocos, sino porque vive en todas. Es una manera de permanecer cerca de lo que es verdadero.
Como alguna vez escuché al crecer: “Todas llevamos dentro un poco de la música, de la poesía y de la locura.” Todas llevamos esa capacidad—de sentir, de crear, de desbordarnos de lo que no siempre es lineal.
Cuando nos permitimos escribir sin imponer estructura, algo se mueve. Entramos en contacto con nosotras mismas de otra manera. Recordamos que no estamos separadas de la naturaleza, que somos naturaleza—y que lo que se mueve en nosotras también sigue ciclos, ritmos, tiempos que no siempre necesitan explicación. Que estar aquí tiene que ver con la relación, no solo con el lugar.
Para muchas de nosotras, la migración no solo ha movido la geografía. Ha movido el sistema nervioso, la forma en que percibimos, nos vinculamos y pertenecemos. Y en ese movimiento, la poesía puede volverse un lugar de retorno—no a un sitio, sino a una relación.
Un lugar donde simplemente podemos estar.
El pertenecer, he llegado a sentir, no se trata de dónde estamos, sino de cómo permanecemos en relación—con nosotras mismas, con lo que cargamos y con la tierra que nos sostiene.
Así que, si alguna vez te has preguntado si lo que escribes importa, te dejo esto: ¿Y si tus palabras no son algo que estás creando, sino algo que estás recibiendo? ¿Y si lo que ha venido saliendo de ti no es aleatorio, sino una forma de mantenerte en relación contigo misma? ¿Y si no hay nada que arreglar, ni ordenar, ni explicar—solo algo que escuchar?
¿Qué has estado cargando que aún no tiene palabras?¿Y qué podría suceder si te permites expresarlo tal como es?
Para quienes han sentido esta tierra dentro de sí, permanezcan cerca de ella.
Hay espacios donde esta forma de estar en relación—con lo que llevas—puede seguir desplegándose, despacio y con cuidado. Eres bienvenida a The Garden.
Hasta que nos volvamos a encontrar, que tus vientos te lleven hacia donde necesitas estar.
Tu amiga,
Lorena




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